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11 jun. 2010

Expedición de Colón contra Los Indios de La Vega,

Expedición de Colón contra Los Indios de La Vega,
Batalla (1494)
Fuentes: Washington Inving, obra, Vida y Viajes de Cristóbal Colón,
Editora de Santo Domingo, S.A. Sto Dgo, 1974, 1ra. Edición Gaspar y Roig,
Madrid, 1852, pps. 314 a327, grabados, de la misma edición
A pesar de su derrota, los indios conservaban aún intenciones hostiles hacia
los españoles. La idea de que su cacique estaba prisionero (se refiere al
Cacique Caonabo), y encadenado irritaba a los naturales de Maguana y la
simpatía de todas las tribus de la isla mostraba con cuántas ramificaciones
hacia aquel inteligentes salvaje extendió su influencia y con qué veneración
miraban los isleños.
Aún le quedaban activos y poderosos parientes para recuperar su recate o
vengar su muerte. Uno de sus hermanos llamado Manicaotex, también Caribe
y tan osado belicoso como él mismo, sucedió en el mando al prisionero. Su
mujer favorita, Anacoona, de célebre hermosura, tenía gran influjo con su
hermano Bohechio, cacique de las populosas provincias de Jaragua.
Por estos medios se generalizó en la isla la hostilidad contra los españoles y
la formidable liga de los caciques, que Caonabo había en vano querido formar
mientras estaba libre, se efectuó a consecuencia de su cautiverio.
Guacanagarí, el cacique de Marien, fue el único amigo que quedó a los
españoles, dándoles oportunos informes de la tormenta que iba a estallar y
ofreciéndoles como fiel aliado, para salir al campo con ellos.
La prolongada enfermedad de Colon, la escasez de su fuerza militar y el
miserable estado de los colonos, reducidos por el hambre y las enfermedades a
mucha debilidad física, le habían hasta entonces obligado a valerse
exclusivamente de medios conciliatorios para impedir y disolver la liga. Pero
ya habría recobrado la salud y su gente se hallaba algo repuesta y vigorosa
con las provisiones venidas en los buques. Al mismo tiempo recibió la noticia
de que los caciques aliados estaban aglomerando considerable fuerzas en La
Vega, a dos días de la marcha de Isabela, con la intención de dar un asalto
general a la colonia y hacerla sucumbir a fuerza de gente.
La fuerza efectiva que pudo juntar, en el mal estado de la colonia, no
excedía de doscientos infantes y veinte caballos. Iban las tropas armadas de
flechas, espadas, lanzas y espingardas o grandes arcabices, que se usaban
entoces con descasos de hierro y hasta solian momtarse sobre ruedas como los
cañones. Con estas formidables armas, un puñado de europeos vestidos de
acero y protegidos por escudos, podía pelear ventajosamente con millares de
salvajes desnudos.
Llevaban también ayuda de otra especie, que consistía en veinte perros de
presa, animales casi tan asombros para los indios como lo caballos, pero
infinitamente más letales, porque impávidos y feroces, nada le amedrentaba,
ni cuando llegaban hacer presa bastaba fuerza alguna para hacérsela soltar.
Los cuerpos desnudos de los indios no ofrecían defensa contra sus ataques. Se
lanzaban a ellos, los arrojaban al suelo y los despedazaban.
Iba el Almirante acompañado en la expedición de su hermano Bartolomé,
cuyo consejo solicitaba a todas las ocasiones críticas, pues estaba dotado no
sólo de extraordinaria fuerza física y valor indomable, sino que también en su
ánimo deicidamente militar. Guacanagarí también llevó al campo sus gentes,
aunque no eran de carácter guerrero, ni aptos para prestar mucha ayuda. La
principal ventaja de su cooperación consistía en que por ella se separaba del
todo de los demás caciques y aseguraba para siempre su fidelidad y la de sus
súbditos. En el débil estado de la colonia dependía su seguridad
principalmente de los celos y disensiones sembradas entre los soberanos
indígenas de la isla.
El 27 de marzo de 1495 salió Colón de Isabela con su pequeño ejército,
aproximándose al enemigo, sus marchas eran de diez leguas diarias. Subieron
de nuevo al paso de los Hidalgos, desde donde la vez primera habían
descubierto La Vega. Las viles pasiones de los blancos habían convertido ya
aquella risueña y hospitalaria región en tierra de rencore4s y hostilidades.
Dondequiera que se levantaba el humo de una población india, había una
horda de exasperados enemigos y en aquellas extendidas y ricas selvas se
ocultaban miríadas de ofendidos guerreros. En la pintura que su fantasía
bosquejada de la condición suave y dulce de aquella gente, se había lisonjeado
con la idea de gobernarlos como el padre y bienhechor.
Supieron los indios por sus espías el movimiento de los españoles, le llenaba
de confianza la superioridad de sus guerreros, el ejército debía ser
considerable, porque la fuerza era la combinación de todos los caciques de la
isla. Comandada por Manicaotex, hermano de Caonabo. Los indios poco
hábiles en la numeración apena sabían contar hasta diez, tenían un sencillo
método de averiguar y describir la fuerza de un enemigo, contando un grano
de maíz por cada guerrero. Cuando los espías que habían seguido a Colón
volvieron con solo un puñadito de maíz, los caciques se mofaron de la tropa
española, creían que tan reducido grupo no podía resistir los esfuerzos de la
multitud de los guerreros indios
Colón se acercó al enemigo por las inmediaciones del sitio, donde se edifico
después la ciudad de Santiago. Habiendo averiguado la mucha fuerza de los
indios, aconsejó Bartolomé que se dividieran en destacamento el pequeño
ejército y que se atacase a un mismo tiempo por varios puntos. Adoptase este
plan: la infantería dividida en varias columnas avanzó repentinamente y en
diversas direcciones con mucho estruendo de tambores y trompetas y una
destructiva descarga de armas de fuego, cobijándose al mismo tiempo con los
arboles.
Sobrecogió a los indios un terror pánico y se dispersaron co9mo avispas en el
aire. Parecía acometer un ejército por cada flanco, las balas de los arcabuces
hacían morder la tierra a muchos guerreros y relampagueaban, al parecer, por
la selvas los rayos del cielo, retumbando en ellas espantosos truenos. Mientras
los aterraban y ponían en fuga a estos ataques, Alfonso de Ojeda cargó
impetuosamente el centro del ejército a la cabeza de su caballería, penetrando
con lanza y sable por entre los indios.
Los caballos atropellaban a los desnudos y amedrentados combatientes, en
tanto los caballos herían por todos lados sin oposición. Los perros de presa se
soltaron y precipitándose sobre los indios con sanguinaria furia, le asían de
la garganta, los derribaban, los arrastraban y le hacían pedazos. Los indios no
acostumbrados a grandes cuadrúpedos de ninguna especie, se horrorizaban al
verse perseguidos por aquellos tan feroces. Creían que los caballos eran
también devoradores y sanguinarios. La contienda, si tal puede llamarse, fue
de corta duración. ¿ Que resistencia podían oponer una multitud desnuda,
tímida, exenta de disciplinas, sin más armas que clavas, flechas y dardos de
madera, a soldados cubiertos de acero, provistos de armas de hierro y fuego y
ayudados por monstruos feroces, cuya sola presencia cubría de terror el
corazón de los más fuertes?.
Colon, victorioso, ejecutó un paseo militar por varias partes de la isla, para
deducirla a obediencia. En vano le oponían los naturales una resistencia
obstinada. La caballería que mandaba Ojeda, prestó grandes servicios por la
rapidez de sus movimientos, la intrepidez de su jefe y el mucho terror que los
caballos inspiraban. A la menor señal de guerra en cualquier punto de la isla
se internaba un pequeño escuadrón por la espesura de las selvas y caía como
un rayo sobre los aborígenes obligándole a someterse
La Vega Real quedó muy pronto sujeta. Como era una llanura inmensa, sin
una sola aspereza ni promontorio, la recorrían fácilmente los caballos, cuya
presencia llenaba de terror las más populosas ciudades. Guarionex, el Cacique
Soberano era de apacible carácter, y aunque había salido al campo, instigado
por los caudillos vecinos, se sometió difícilmente al dominio de los españoles.
Manicaotex, el hermano de Caonabo, se vio también obligado a solicitar la
Paz, y como era cabeza de la liga, su ejemplo, fue seguido por los demás
caciques.
Solo bohechio, el cacique de Jaragua, cuñado de Caonabo, rehusó someterse.
Sus dominios estaban distantes de Isabela, en el extremo occidental de la isla,
alrededor de una profunda bahía y de la larga península llamada Cabo
Tiburón. Eran casi inaccesibles y no habían aún sido visitado por los blancos.
Retiro a su territorio con su hermana la bella Anacaona, mujer de Caonabo, a
quien acogió fraternamente en su desgracia
Obligo Colón, en La Vega, en el Cibao y en todas las provincias sometidas a
cada individuo de más de 14 años quedaba obligado a pagar por trimestre la
medida de un cascabel flamenco, lleno de polvo de oro. Los caciques debían
satisfacer sumas muchas mayores como tributo personal. Manicaotex,
hermano de Caonabo, quedo obligado individualmente a pagar cada tres
meses media calabaza de oro, lo que ascendía a ciento cincuenta pesos. En los
distritos lejanos a las minas y que no producían oro, cada individuo debía
pagar una arroba de algodón por trimestre. Al entregar los individuos el
tributo, se le daba por vía de recibo una medalla de cobre, que debían llevar
colgada del cuello, quedando sujeto a prisión y castigo los que se hallaban
sin este documento.