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11 jul. 2011

La Denominada Batalla del Santo Cerro (1495)

Washington Irving, “obra Vida y Viajes de Cristóbal Colon.

Madrid, Gaspar y Roid, Editores, 1852

(Versión española .Libro VIII .Pág. 314 al 317

La idea de que su cacique Canoabo, estuviese prisionero y encadeno irrito a los habitantes de Magua, y de la solidaridad de todas las tribus de la Isla. Este incidente de ultraje e humillación hacia el monarca., le ganaron adeptos a su causa quienes miraron con admiración y veneración al cacique prisionero. Motivando esto que se agruparan en torno a su hermano Maniocatex, para recatar o vengar su muerte

Maniocatex, hermano de Canoabo, osado y belicoso Caribe, sucedió en el mando del Cacicazgo de Magua al prisionero monarca. Su mujer Anacaona, hermana de Bohechio, de quien ejercía una gran influencia del cacique de Jaragua.

Generalizándose en toda la isla la hostilidad hacia los españoles y la Liga de Cacique con la que había soñado Canoabo hacia mucho tiempo sin resultado alguno se efectuó en su cautiverio.

Siendo Guacanagarit, el cacique de Marien, el único amigo con que contaban los conquistadores, este como buen traidor a su clase dio amplios destalles de todos lo que acontecía, dando respaldo y parte de sus gentes acompañaran a los españoles en el extermino de sus hermanos de raza.

La prolongada enfermedad de Cristóbal Colón, la escasez de su fuerza militar y el miserable estado de los colonos reducido por el hambre y las enfermedades a muchas debilidades físicas, le habían obligado a valerse de medios de conciliatorios para disolver la Liga de los Caciques. Ya estos estaban aglomerando considerable cantidad de adeptos a la causa en La Concepción de La Vega (Magua), con la intención de dar un asalto y hacer sucumbir la fuerza hispana llevando la guerra al territorio enemigo

Es aquí donde cobra mayor fuerza que dicho combate no se produjo en los campos de La Vega, específicamente en el Santo Cerro, ya que las fuerzas de los aborígenes comandada por Maniocatex y Bohechio, marcho hacia la Isabela y no fue que las hostilidades se iniciaron en el lugar que se ha querido decir y que erróneamente se le ha presentado a las generaciones este exterminio tuviese lugar en el Santo Cerro. Ni en su territorio

La fuerza efectiva que pudo juntar, en el mal estado de la colonia, no excedía de 200 infantes, veinte caballos y veinte perros de presa. La tropa armadas de flechas, espadas, lanzas espingardas o grandes arcabuces que se usaban entonces con descansos de hierros y hasta solía montarse sobre ruedas como los cañones. Llevando además la ayuda de una veintena de perros de presa, animales que eran asombrosos para los indios. Los cuerpos desnudos de los aborígenes no ofrecían defensa contra sus ataques. Se lanzaban a ellos, los arrojaban al suelo y los despedazaban

Colon y sus tropas se acercaron a las fuerzas nativas en el sitio donde después se edificara la ciudad de Santiago y como consecuencia del gran numero que componían los nativos, Bartolomé Colon, que acompañaba a su hermano, le aconsejo para que la fuerza española se dividiera en pequeños grupos, y atacaran al mismo tiempo, por varios puntos.

Adoptase este plan, dividida la infantería en varias columnas avanzando rápidamente en diversas direcciones con estruendo de tamborees y trompetas y destructivas descargas de arma de fuego cobijándose al mismo tiempo con los árboles

Sobrecogido por el terror y pánico se dispensaron, las balas de los arcabuces hacían morder la tierra a muchos guerreros, llenando la selva virgen de espantosos truenos y relampagueos de las llamaradas de las armas de fuegos de los españoles.

En este panorama los indios despavoridos corrían en todas direcciones y eran cazados como animales por la cruel soldadesca. Mientras que los aterrados indios exponían a la fuga, Alonso de Ojeda a la cabeza de caballería, penetró con lanza y sable entre los despavoridos combatientes nativos, los caballos atropellando a los desnudos indios.

Los perros de presa fueron soltados y precipitándose sobre los cuerpos desnudos de los nativos con furia feroz, le cercenaban las gargantas, derribándolos arrastraban sus cuerpos y lo hacían pedazos. Los indios no acostumbrados a caballos y perros se horrorizaban al verse perseguidos por aquellos feroces animales.

Esta masacre fue de corta duración ¿que resistencia podría tener una multitud, desnuda, tímida, sin disciplina, sin más armas que clavas, arcos, flechas y dardos de madera a soldados cubiertos de acero, provistos de armas de hierro y fuego y ayudados por veloces corceles y feroces canes, cuya presencia cubría de terror, pavor a los infelices nativos de quisquilla.

Los indios se dispersaron con lamentos y alaridos, trepaban a la cima de las rocas y muchos se precipitaban hacia los abismos, muchos fueron muertos otros prisioneros y la confederación india soñada por Canoabo quedó completamente disuelta.

Guacanagari, el cacique traidor que acompaño a las tropas imperiales al campo de exterminio de sus compañeros de raza, siendo espectador de esta matanza de sus hermanos. El y sus gentes sintieron el estremecimiento del horror ante aquel alarde de poder, crueldad, deshumanización y maldad de sus aliados. Su participación en las hostilidades de los españoles del extranjero invasor no los olvidaron jamás los otros caciques volviendo a sus dominios acompasado del odio y la execración de todos los habitantes de la isla.

Compilación; de Ubaldo Solís, La Concepción de La Vega. Rep.Dom.

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