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17 ago. 2010

Consecuencias Inmediatas y Lejanas de las Devastaciones de 1605-1606, en la Región Norte de la Isla de Santo Domingo. í





Consecuencias Inmediatas y Lejanas de las Devastaciones de 1605-1606, en la Región Norte de la Isla de Santo Domingo.

Segunda parte.

El segundo artículo de Julio H. Arvelo, sobre las devastaciones de 1605-1606, aparecido en la Revista ¡Ahora!, Núm. 986 de fecha 14 de octubre del 1982, Págs. 20 y 21, referente a los acontecimientos histórico de la República Dominicana, “ Histos de la Historia Dominicana

El movimiento encabezado por Montero no alcanzo sus objetivos, sin embargo, aparte de que jamás ni su jefe ni los más importantes de sus seguidores fueron capturados, la represión desatada por los soldados de Osorio fue de tal naturaleza que ahorcaron a varias decenas entre los capturados, sospechosos de colaborar con los descontentos

Hay un detalle que da un cariz interesante a la acción de Montero porque hace pensar en otros vuelos para la solución del problema aunque sin mucho asidero en lo tocante a los medios para probar su verdadera naturaleza. Se refiere al autor del artículo, Julio H. Arvelo, “me refiero al rechazo que hicieron los Montoristas de las ofertas holandesas de prestarles ayuda militar y política en su lucha con tal de que abjuraran de su lealtad a la Corona Española y se pusieran bajo su protección y guía tanto en los político como en lo religioso”

Al rechazar esta oferta que se encontraba avalada con la presencia de 16 navíos holandeses así como preferir de ellos abandonar las islas y refugiarse en Cuba podría hacer pensar que tal vez las gentes de Montero querían una libertad en la que no primara ninguna interferencia extranjera.

Dice. Arvelo “repito no hay mucho asidero para sostener esa posibilidad, pero los hechos fueron esos y como consecuencia en lo tocante al nacimiento de la nacionalidad dominicana han sido de pauta a algunos estudios de nuestra historia para ponerlo como hito de ella, prosiguen diciendo Arvelo, “no considero muy descabellado que en la mente de Montero y su gente hubiera germinado el sentido de la independencia plena de esta tierras”.

Como en todo hecho de gran envergadura, las consecuencias de las devastaciones fueron de dos naturalezas. Una en cuanto al destino inmediato de la sociedad victima de esos hechos y otros con repercusiones más alejadas del momento de su ejecución

En lo relativo a las consecuencias inmediatas es de suponerse los resultados de esas insólitas acciones con decir que siendo la carne el principal alimento que en esa época ingerían los habitantes de la colonia, su escasez fue tan notoria que en la ciudad de Santo Domingo se pasó por períodos en que eran muy pocos los privilegiados que pudieron contar con dicho alimento.

No podría ser de otra manera, dice, el historiador, puesto de las 110,000 reses de la que se podía decir realmente que pertenecían a quien en la región devastada, solamente 8,000 pudieron ser trasladadas a los asentamientos en donde se ubicaron los habitantes de las mayores poblaciones abandonadas que como se ha dicho fueron: Montecristi, Puerto Plata, asentado relativamente cerda de Santo Domingo en un sitio denominado Monte Plata.

Y los otros Bayajá y Yaguana en otro que se denominó Bayaguana. Parece que los que idearon esa nomenclatura quisieron con ello aminorar en parte el mal que se había hecho inventario ese rejuego de nombre. Esa pueden ser una peregrina suposición; pero lo que sí es una realidad es que aquellos habitantes de la Banda Norte lo que tuvieron a cambio de sus predios en que ya terminan sus querencia fueron nuevos lares en lo que aparte de las penurias económicas se unían los naturales resquemores que debe sentir todo el que nace y crece en un lugar y es echado de él por la fuerza para favorecer intereses de lejanos personajes a los que tal vez ni siquiera el nombre conocía.

A final de cuentas en lo tocante a esas primeras consecuencias los resultados no pudieron ser más negativos tanto para los infelices pobladores de la Banda Norte como para las propias autoridades que buscaban defender los derechos de la oligarquía de Sevilla.

De los pobladores escribió el historiador Arvelo “ en cuanto a la oligarquía basta decir que el comercio, intérlope, siguió campeando por sus respetos, la inmensa mayoría del ganado se quedó pastando en la región devastada en espera de quien se aprovechara de sus cueros y el contrabando, tanto de biblias como de otras mercancías, siguió haciéndose si no con la misma intensidad con los mismos resultados.

En términos generales los efectos inmediatos de las devastaciones pueden sintetizarse cita de la obra citada de Pedro Mir “El Gran Incendio”, “ el país quedó reducido a menos de la mitad de sus proporciones conocidas. Menos de la mitad no es aquí metáfora ni artificio retórico sino expresión estadística oficial”.

En lo tocante a las consecuencias alejadas del momento de la ejecución de las devastaciones mucho hay que decir. Julio H. Arvelo, se limita a hacer algunas citas que serán según él más elocuentes que lo que pueda él anotar.

En un artículo que publique en esta misma Revista ¡Ahora! En el número 746 de fecha 27 de febrero de 1978, escribí, cita Arvelo. Al referirse a los aventureros que se apoderaron de la isla Tortuga en 1630 que “Las facilidades que encontraron los aventureros para apoderarse de La Tortuga y luego en tierra grande e interesante en ella se debió al estado de abandono reinante en las regiones Norte y Oeste de la Isla después de las devastaciones de la poblaciones de esos sectores realizadas por el gobernador Antonio Osorio en 1605.”

Esa cita está avalada por otra extractada de la obra “Manuel de Historia Dominicana de Frank Moya Pons quien al referirse a los aventureros ingleses y franceses desplazados de la isla de San Cristóbal por la llamada armada de Barlovento enviada por los españoles para tales fines dice “ lo que huyeron fueron a la parar a la costa Norte de la Española, abandonada desde los días de las devastaciones, y fue precisamente la despoblación de la tierra y la abundancia del ganado lo que le llevo a tomar la decisión de no regresar a San Cristóbal”.

Agrego que esos aventureros ingleses y franceses, sobre todo los franceses, fueron los que al apoderarse de una parte de la isla formaron más tarde la colonia francesa que sería reconocida por los españoles como tal mediante el acuerdo fronterizo de San Miguel de la Atalaya, el 29 de febrero de 1776 promovido por el gobernador de la parte española Don José Solano y Bote y por la parte francesa por el marqués Ennry Víctor Theresa Carpentier , gobernador de las islas francesas de Barlovento.

No hay que forzar el razonamiento para llegar a la conclusión de que la presencia de los franceses en la Tortuga primero y luego en la parte occidental en la isla que devino en colona de Francia, son el resultado, aunque un poco lejano, de las devastaciones de 1605 y 1606, orquestada por Felipe IIl, en su cédula real del 6 de agosto de 1603 y ejecutada por Osorio

Hay un aspecto de este asunto que no debe ser soslayado si se le quiere enfocar con amplio sentido científico. Refiere A rvelo, a que en el trasfondo de este asunto toda la trama no es más que un reflejo de la lucha que ya se vislumbraba para esa época entre la burguesía incipiente y el feudalismo condenado a ser remplazado con el tiempo.

Agrega además el historiador “sin temor a caer en vanas exageraciones que esas dos fuerzas tuvieron sus claros representantes en esta palestra en que quedó constituida la española. Por una parte como personaje de la incipiente burguesía estuvo Montero defendiendo sus derechos a comerciar con los holandeses a la par que peleando por mantener los medios de subsistencia representados por los cueros de las reses que cambiaban por los más imprescindibles artículos necesarios para la conservación de su patrimonio.

Y por otro lado las fuerzas feudales que aunque decadentes, todavía eran lo suficientemente poderosas para llevar a cabo las devastaciones y cuyo más conspicuo representante era la corona española.