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17 ago. 2010





Origen y Ejecuciones de las Devastaciones de 1605-1606, en la Isla de Santo Domingo, en la parte Norte

En un artículo de Julio H. Arvelo, sobre Hitos de la Historia Dominicana, aparecido en la Revista ¡Ahora! , en el Núm. 985 del 7 de octubre de 1982, Págs. 26 y 27. El cual reproducimos, para el conocimiento de una versión de aquellos sucesos de nuestro pasado histórico de la colonización de la Isla de Santo Domingo.

El contrabando que se había entronizado en la Costa Norte de la Isla de Santo Domingo tenía una intima relación con el peligro que se cernía sobre la coloniza de que las ideas religiosas que habían imperado desde entonces, estos es, la Religión Católica, pereciera como la doctrina preferidas por los habitantes de esa parte de la isla.

Esto así porque uno de los artículos de contrabando que con más asiduidad se introducían eran las biblias protestantes que los holandeses traían en sus barcos desde su país de origen.

Pero, desde luego, no eran esos los únicos daños que esa práctica dolosa representaba para las autoridades españolas. Sin embargo en casi todos los memoriales que dichas autoridades enviaban a sus superiores de la península se mencionaba el asunto de las biblias como uno de los principales por los cuales se debían tomar medidas contra ese ilícito comercio que denominaban “Intérlope”

Una de las características más sobresalientes de esa práctica ilegal era que los habitantes de esas poblaciones del Norte lo que daban a cambio por las biblias y los demás artículos contrabandeados era los cuernos de las reses que de una manera casi salvaje cundían por esa región. Sin embargo todavía a fines del Siglo XVI no había tomado ninguna medida para detener dicha práctica pese a que no solamente desde esa Isla había enviado más de un memorial en ese sentido.

Entre las medidas que se propusieron para acabar con el comercio “intérlope” fue la de reconcentrar a sus moradores y el ganado existente en esa región y enviarlos a los alrededores de la ciudad de Santo Domingo; pero esta proposición era poco menos que impracticables por el hecho ante anotado de que la mayoría del ganado existente era salvaje y que, por tanto, para su recogida y subsiguiente traslado necesitarían unos recursos con que no cantaban las autoridades

Lo cierto que salió el Siglo XVI y entró el XVII y los holandeses y demás contrabandistas no se vieron molestado en sus prácticas

Cuando parecía que las recomendaciones de que se trasladara todo el ganado y la gente de la Banda del Norte, como se llamaban, no serian adoptadas, sucedieron algunos acontecimientos en la colonia de tal naturaleza que dichas recomendaciones volvieron a ponerse sobre el tapete. Uno de esos acontecimientos fue el nombramiento como Arzobispo de Santo Domingo de Fray Agustín Dávila y Padilla.

Ese prelado tomó más en serio que nadie el peligro que se cernía sobre el dominio que hasta entonces había ejercido la religión católica debido a la invacio9n clandestina de las biblias protestantes y de inmediato trató de mover sus influencias en la corte. Para ello envió dos proposiciones con las que, según él, se pondría remedio a todos los males que acarreaba el contrabando.

Entre esos males el que más hizo resaltar era que se perdería la feligresía que desde los días del descubrimiento con tanto celo se había preocupado el clero católico de formar y conservar.

Las primera de sus proporciones fue que se incrementara el comercio legal con el envió de embarcaciones repletas de los artículos que tanto necesitaban los habitantes de esa región. La segunda puso los pelos de punta a los miembros de la oligarquía comercial de Sevilla, la única que se beneficiaba directamente con el escaso comercio que, existía entre la colonia y la metrópoli.

Esto así ´porque el Arzobispo proponía en su memorial que su Majestad convirtiera a los pueblos de la Banda Norte nada menos que en lo que hoy se llama puertos libres. O sea, que todo el mundo pudiera comerciar con ellos desconociendo los derechos que asistía a la mencionada oligarquía de Sevilla a tener el monopolio de dicho comercio.

Esa amenaza contenida en la segunda proposición del Arzobispo Dávila puso en movimiento a los Miembros del Comercio de Sevilla, organismo oficial que se entendía con los negocios de las colonias, y antes de que esos pasos llegaron más lejos se apresuraron a recomendar a Felipe II, a la sazón el soberano español, para que tomara las medidas contenidas en aquellas recomendaciones a que se han referencia, y cuyo autor, por casualidad se encontraba por esos lares, mediante las cuales se ordenaría la devastaciones de las poblaciones del Norte de la Isla de Santo Domingo.

Después desaprobada por el Rey esas antipoliticas, antieconómicas y antihumanas medidas, el autor de las recomendaciones de nombre Baltasar López de Castro, llegó a Santo Domingo portador de las reales cédulas contentivas de las instrucciones precisas para proceder a ponerla en ejecución.

Eso sucedió en agosto de 1604, durante el gobierno de Antonio de Osorio a quien le tocaría el dudoso privilegio de ser el ejecutor de dichas medidas. Por cierto que a Osorio le ha tocado la peor parte a la hora de repartir responsabilidades en este feo asunto. Hasta el punto que se conocen con el nombre de “Las devastaciones de Osorio”, como si él hubiera sido el único culpable de esos lamentables hechos.

Como se nota por la fecha de llegada de Baltasar López de Castro y la que se da como el comienzo de la catástrofe, a la que Pedro Mir denomina como “El Gran Incendio” en su deliciosa obra de ese mismo nombre, debían transcurrir todavía siete meses. Ello se debió a que tanto los habitantes de las principales poblaciones a devastar como los de Santo Domingo de inmediato se opusieron a la cruel medida. Asimismo hasta algunos miembros de la Real Audiencia, el tribunal de alzada de la época, dejaron oír su voz de protesta.

Fueron muchos los argumentos en contra que se presentaron a Osorio, pero todo fue en vano. En febrero de 1605 el gobernador se puso en marcha hacia la región que sería objeto de una de las más despiadadas acciones que recuerda la historia de la Isla.

Las principales poblaciones a que se ha hecho referencia son: Montecristi, Puerto Plata, Bayaja, Yaguana. Lo más grave del caso es que no fueron estas solamente los objetivos de las reales cédulas. Fueron incluidas todas las aldeas que, como era natural, eran habitadas por gente humilde cuyos únicos medios de subsistencia era recolectar y sacrificar las reses cimarronas para cambiar sus cueros a los contrabandistas.

Como un índice de la naturaleza de esta acción bastarda con decir que Osorio fue acompañado por 150 soldados provenientes de Puerto Rico asignados expresamente por el Rey para esta tarea a la que, como se ha dicho, se opusieron las victimas de dicha acción.

Para los fines de la determinación del sentido de independencia, esto es, la determinación del momento histórico en que éste dio su primera muestra de existencia, algunos autores se remontan a ésta época para señalar ese momento.

Dichos autores se basan en que en medio de las protestas a que dieron lugar estos hechos ya se vislumbraba un espíritu de libertad separado del sentido de dependencia que los habitantes de la colonia habían recibido como una herencia natural de España como descubridora, conquistadora y colonizadora de estas tierras

Se pude considerar como tal vez la primera manifestación en el sentido señalado los incidentes que tuvieron lugar, sobre todo, cuando le tocó el turno para ser devastada la población de Bayajá. Dichos incidentes fueron de una naturaleza eminentemente popular en la que tomaron parte los componentes llanos de la comunidad dirigidos por quien había fungido como su alcalde cuyo nombre, Hernando de Montero, ha sido recogido por la historia y que aparte de que no alcanzó sus objetivos nadie puede negarle haber encabezado en estas tierras el primer movimiento popular, esto es, el primer movimiento que tenía sus raíces en las masas populares que papeleaban por sus derechos conculcados por las clases superiores, en este caso representada por Osorio y sus 150 soldados enviado por la corona a hacer valer los derechos de la oligarquía sevillana.