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2 feb. 2010

UNA CIUDAD MUERTA









UNA CIUDAD MUERTA

Escrito de Lorenzo Despradel (Muley), publicado en la obra •” Paginas”, Editorial El Día, La Vega, Colección Nacional, 1918, Págs. 24 al 29

Alguien se quejaba el otro día de que personas ignorantes y codiciosas, sin tener en cuenta el respeto que inspiran las cosas del pasado se hubiesen dedicado a derribar lo poco que quedaba de esas famosas ruinas de La Vega Real. Para con esas piedras seculares fabricar raquíticas casitas de inquilinato (I)

Nuestros `pueblos siempre se han distinguido por su espíritu demoledor, por su instinto de arremeter contra todo aquello que de algún modo representa un valor histórico o arqueológico sin exceptuar ni aun las reliquias familiares, que en los pueblos de mayor consistencia moral. La tradición ha hecho intangibles, clasificándolas entre las cosas sagradas (II)

De niño asistimos con el corazón oprimido a la demolición de esos viejos y claudicantes paredones, últimos vestigios de la grandeza de una ciudad que rememoraba, según la opinión de un cronista de esa época, la elegancia y suprema alegría de las ciudades levantinas de la Madre Patria.(III)

Ciudad de torneos de Zambras, y de amoríos, nimbada por una aureola de caballeresca elegancia, fue el asiento, el lugar de cita de esos magnates que cruzaron los mares en pos de algo nuevo, pero a quienes no aguijoneaba el ansia de aventura bélicas, así fuera contra los pobres indios que oponían a la cota de malla acerada, a los atronadores arcabuces y a la fogata acometidas de los corceles de los hombres de la conquistas, su cuerpo desnudo, y la inofensiva potencia de sus flechas

Esos que se afincaban en la famosa Vega Real, eran señores del placer, de chambergos con vistosas plumas, de blancas gorgueras y elegantes ferreruelos, para quienes esa ciudad naciente aun era como un edén perdido en medio de una naturaleza prodigiosa.
Por sus calles resonaba el tintineo de las espuelas de oro, y en los días festivos se alegraba la urbe con el tropel de los famosos maquiñones que iban a justar, montados en briosos potros a la amplia plaza en donde se daban citas las damas más bellas y los más apuestos caballeros

Y toda aquella opulencia no nos quedo más que un montón de ruinas, torres abatidas y paredes aisladas en las cuales prendieron las parásitas adornándolas con sus hojas verdes y los movibles flecos de sus raíces adventicias. El tiempo había vertido su vidrioso sobre esas ruinas y entonces el hombres, más implacable que el tiempo, comenzó su obra destructora

Sin piedad derribó los restos del bastión que el arqueólogo Cronan,
Copió lleno de admiración, horadó el suelo para buscar en el seno de la tierra edificios enteros, que fueron demolidos para utilizar esas piedras y esos ladrillos centenarios en la fabricación de hornos, si es que no los destinaban a usos más innobles bajo la inconsciente mirada de las autoridades (IV) que no podían comprender la devoción de que unos cuantos sentían por cosas tan baladí como unas ruinas

Y fragmento por fragmento, pedazo a pedazo, fue desapareciendo esa Pompeya Americana, no quedando de ella sino vagos vestigios, cuando ayer todas la vasta llanura que cerraban sus abatidos murtos, estaban llena de sus recuerdos y daba testimonio de sus grandeza pasada

Los poco que queda irá perdiéndose entre la revuelta hojarasca de esos campos en donde en otrora resonaba alegre y festivo el repique de la campana que el higo legendario salvó, con sus ramas implicantes y piadosas, de la humillación del polvo, o de la vergüenza de haber sido transformada en almirez por un palurdo comarcano

Los amantes de la arqueología solamente encontraron en las vastas extensiones que ocupa esa Thule Mediterránea, fragmentados descoloridos de mosaicos moriscos, vestigios de alfarería de aquellas épocas y piezas derrumbazos que hacen evocar el brillo argentado y la flexibilidad de aquellas espadas toledanas implemento caballeresco que acrecía la arrogancia de esos rondadores nocturnos que se deslizaban por las oscuras callejuelas en busca de aventuras amorosas

No queda nada? Nuestro pueblo no comprendió, no ha comprendido, no comprende el lenguaje mudo de las ruinas, y sus piquetas están siempre en alto para abatirlas, en vez de proveer en su conservación, para destruirlas, en vez de reguardar esas piedras que nos hablan de un pasado glorioso

Si La Vega Real (La Concepción de La Vega Real), no queda ya ni el punto geográfico por obra de la codicia y de la estupidez ambiente, salvemos las pocas ruinas que nos quedan siquiera sea para que no se ponga nuestra cultura en entredicho, suponiéndonos capaces de comer sin alzar nuestra viril protesta, el pan cotidiano cocido en hornos hechos con piedras y ladrillos arrancados de San Nicolás y de la Casa del Almirante

Febrero 1918-







(I)… es vergonzoso para este pueblo, que deja mucho que decir de sus clase gobernantes y de la sociedad dominicana en especial la vegana de ese entonces, así como de los gobernantes que permitieron la depredación de estos monumentos históricos, con los cuales se dio inicio a la civilización de América, al permitir ese defilfarro, somos quizás el único país en el mundo donde destruye sus pasado histórico, (Nota de U. Solís)
(II)… ha sido un desacierto histórico que se usaran las piedras de la Ruinas de la Concepción de La Vega para la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de la Mercedes, en el Santo Cerro, La Vega. (Nota de U. Solís)
(III)… es por esta herencia destructiva de nuestros antepasados que hoy , el vegano, es renuente a conocer su historia, (Nota, U. Solís)
(IV)…. El autor se refiere a la construcción de letrinas