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6 ene. 2011

EDUARDO BRITO


EDUARDO BRITO






LUPERON, REPÚBLICA DOMINICANA, 21 DE FEBRERO DE 1905
CIUDAD TRUJILLO, REPÚBLICA DOMINICANA, 5 DE ENERO DE 1946
Fuente: fundacionjoseguillermocarrillo.com
BIOGRAFÍA DE EDUARDO BRITO
Barítono
[El cantor nacional de República Dominicana]
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Antonio Gómez Sotolongo
Aguada de Pasajeros, Cuba, 19 de junio de 1954
Texto original extraído de la Revista Ahora
Santo Domingo, República Dominicana
Edición No 1241 de fecha 1 de febrero de 2002


La vida de Eduardo Brito, uno de los artistas más impresionantes que produjo la tierra dominicana durante el pasado siglo XX, tuvo su principio y fin en un mes de enero. Aunque no llegó a nosotros ni su partida de nacimiento ni su acta de defunción, las pruebas testimoniales afirman que nació en 1905, según algunos investigadores el día 21, y dejó de existir al quinto día del primer mes de 1946.
En un lugar remoto, al nordeste de la isla de Santo Domingo, vino al mundo Eleuterio Brito en cuna humildísima. Él, fue uno de cuatro hijos que a tropezones crecieron bajo el peso de las limitaciones económicas, alejados de los medios de trasmisión de la cultura artística y literaria.
El poblado de Puerto Plata lo conoció Eleuterio después de cumplir los 10 años de edad, desafortunadamente como consecuencia de la separación de sus padres. De allí, unos años después, cuando ya había descubierto el don de su voz prodigiosa, escapó del lado de su madre y comenzó a darse a conocer en Santiago de los Caballeros, donde su voz le llevó al encuentro de músicos con reconocido prestigio en la región. Allá, consiguió presentarse en populares escenarios, entre ellos el del Café Yaque donde obtuvo algunos de sus primeros éxitos.
Cuando apenas había cumplido 17 años de edad, la capital de la República lo acogió y, después de debutar en el Coney Island, recibió contratos para presentarse en el Café Arriete, en el Trocadero, y en el Hotel Fausto, plazas muy codiciadas entonces por los artistas del género.
Su andar por el país ya no se detuvo y, entre serenatas, fiestas y los más diversos empleos, transcurrió su vida hasta que en 1924, con la canción Amar, eso es todo, ganó el primer premio de un concurso que, en Santiago de los Caballeros, patrocinó el jabón Candado, un producto que por entonces se importaba desde Cuba, y que frecuentemente realizaba tales eventos para promocionar sus ventas.
Salvador Sturla, prestigiosa y autorizada figura, reconoció públicamente el talento de quien muy pronto dejaría de ser Eleuterio para inmortalizarse con el nombre de Eduardo Brito. También resultó de gran importancia para la educación musical del cantante, la amistad que surgió entre éste y el maestro Julio Alberto Hernández, quien tutelaba el Cuadro Artístico, un grupo en el que se reunieron importantes voces y que a menudo se presentaba en Santiago, San Pedro de Macorís y Santo Domingo.
La gran crisis norteamericana de 1929 no fue motivo suficiente para impedir que Eduardo Brito, Rosa Elena Bobadilla (con quien había contraído matrimonio un mes antes) y otros artistas, partieran en diciembre de ese año rumbo a New York, donde se grabaría un gran número de piezas de autores dominicanos.
Brito y su esposa, cumplidos los compromisos que les llevaron a Norteamérica, decidieron no regresar a Santo Domingo con el grupo y cumplir entonces con nuevos contratos. Poco después vendría el gran salto, el verdadero cenit en la carrera del barítono dominicano. A comienzos de la década de los años treinta, el compositor cubano Eliseo Grenet, quien dirigía una importante y conocida compañía de zarzuelas, escuchó al joven cantante y sus cualidades le impresionaron gratamente, a tal punto, que le contrató para que integrara el elenco durante una gira por Europa. Fue entonces, que Eduardo Brito partió rumbo al viejo mundo, fue así que el público español conoció el magnífico talento del artista dominicano, le aplaudió hasta el delirio y lo adoró. Fueron estos años los de máximo esplendor en la carrera del gran barítono, amado por públicos exigentes y conocedores del género. Fueron estos públicos los que mejor apreciaron las virtudes vocales de Eduardo.
Durante algunos años permaneció Brito en Europa y fue tanta la bonanza para el divo, que estuvo en condiciones de crear su propia compañía. Y aquel avance sólo lo pudo detener la apocalíptica conflagración mundial que tuvo como preludio la Guerra Civil Española. Después de casi un lustro de divina claridad, la luz comenzaba a declinar para Brito, y los años por venir fueron un difícil crepúsculo.
De España debió salir y, antes de regresar a su patria, en 1937, recorrió algunos países de Europa presentándose en París, Praga, Roma, y otras muchas ciudades. Pero todo el frenesí que causó su voz allende los mares no se escuchó en la tierra que le vio nacer y, cuando se le debió recibir como al astro que en ese momento era, Brito se encontró aquí con la parquedad hermética de sus paisanos.
Hasta mediados de la década del cuarenta hizo frecuentes giras a Puerto Rico, Cuba, Colombia, Venezuela y Panamá, pero su voz se apagaba poco a poco y su mente se perdía, y antes de cumplir cuarenta años de edad ya su carrera se había apagado. La vida transcurrió muy veloz para él; sin embargo, sus dones naturales le permitieron crear una obra imperecedera. El consiguió, a fuerza de virtudes, trasponer estratos sociales y elevarse muy por encima de la educación que recibió. Su capacidad autodidacta lo hizo saltar por sobre su modesta formación académica y su brillante imaginación le proveyó de gran fortuna sobre las tablas.
Hombre de humilde procedencia, de corta vida fue Eduardo Brito, artista que creó una obra imbatible por el tiempo, intérprete de canciones como Siboney, de Ernesto Lecuona; Lamento esclavo, de Grenet y Riancho; Martha, de Moisés Simons; Aquellos ojos verdes, de Nilo Meléndez y muchas otras que perduran en la memoria de las grabaciones, un artista y una obra que en cada enero merecen especial recordación.