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20 abr. 2011

Breve historia del mundo árabe





HEREJÍA DE HEREJÍAS

Hubo un tiempo en que la comunidad cristiana parecía que llegaría a abarcar la totalidad de los pueblos humanos de la Tierra. El cristianismo había conquistado al Imperio Romano para el año 320 después de Cristo (d.C.) y en los siglos siguientes las tierras de las antiguas civilizaciones alrededor del Mar Mediterráneo vivían
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en una especie de sociedad internacional cristiana, donde los hombres, antes que ser ingleses, franceses, alemanes, griegos o egipcios, se concebían a sí mismos como parte de una sola comunidad cristiana por fe y romana por cultura.
El Mediterraneo era un mar cristiano por todos sus costados, con límites en los desiertos y la inmensidad africana al sur; al norte con los pueblos germanos que aún conservaban su paganismo, al oriente con Persia y más allá la India y China. Y al oeste, el Oceáno del que poco se sabía.
Parecía en verdad que el cristianismo podría alguna vez llegar a abarcar a todas las naciones.
Los jerarcas de la Iglesia establecida y gobernada desde Roma, Alejandría, Constantinopla, Milán y todas las ciudades importantes en tres continentes , Europa, Asia y Africa habían logrado suprimir las herejías cristianas más recalcitrantes. Arrianos, gnósticos, donatistas, marcioanistas, ebionitas, montanistas, pelagianos, maniqueos habían sido barridos doctrinal y en algunos casos físicamente.
Aunque nunca dejaron de existir disidencias doctrinales, éstas fueron obligadas a vivir soterradas. La ortodoxia (el camino recto) cristiana había triunfado. El Credo establecido desde el concilio de Nicea, convocado por el emperador romano Constantino en el año 325, fue el que regiría, oficialmente, para todos los cristianos, o sea para todos los hombres. En esencia, ese credo es el que rige a los católicos y a la mayoría de los protestantes actuales.
Entre los siglos IV y hasta comienzos del VII, las comunidades de Siria, de las antiguas tierras bíblicas y de Egipto eran testigos de las disputas teológicas entre los patriarcas de Alejandría y Constantinopla. Mientras, la ciudad de Roma había caído en la decadencia, atacada por tribus germanas que terminaron seducidas por su víctima y convertidas en romanas por cultura y cristianas por religión.
A pesar de que los cristianos peleaban entre sí, a pesar de que los reyes enviaran a sus ejércitos a matarse contra otros ejércitos cristianos, de que obispos y patriarcas se lanzaran excomuniones y maldiciones, a pesar de las disputas en detalles teológicos tan importantes como la forma en que los monjes debían tonsurarse, a pesar de todo ello, nada parecía poder vencer a la cristiandad y su iglesia universal. A fin de cuentas, el plan de Dios era extender la doctrina verdadera por toda la faz de la Tierra. O eso era lo que se creía.
Pero no tardaría en llegar una nueva gran herejía, del lugar menos pensado, más fuerte e intensa que todo lo que la Iglesia establecida había enfrentado hasta entonces. Esta herejía llegaría a ser la más temible. Una que no sería propiamente cristiana pero que reclamaría ser hija de las sagradas escrituras hebreas, descendiente espiritual de Moisés, de los profetas hebreos, que reconocería a Jesús como un profeta más, que defendería un estricto monoteísmo, y que con todo ello disputaría la hegemonía mundial al otrora omnipresente cristianismo.
ISLAM
Mahoma nació en el año 570 en la ciudad de la Meca y los primeros 39 años de su existencia no fueron muy diferentes a los de la mayoría de los hombres árabes de entonces, dedicados al pastoreo y luego al comercio en las caravanes que recorrían las ciudades de la árida península arábiga.
Pero Mahoma era un poco distinto, muy dado a retirarse a meditar en soledad, en una cueva cerca de la Meca, buscando respuestas más allá de la vida rutinaria. Un buen día, se le apareció en la cueva el arcángel Gabriel, para hablarle sobre el mensaje del Dios verdadero. Eso fue lo que Mahoma dijo, y millones de personas le han creido por siglos.
Mahoma decidió predicar el mensaje transmitido por el mensajero celestial y comenzó a ganar seguidores, pero también enemigos. A Muchos de los mercaderes y hombres influyentes de Meca les parecía que sólo era un fantoche que pretendía engañar a los incautos.
Pero el mensaje era poderoso y convincente. El movimiento espiritual creció al grado de volverse movimento social y político. Sin poder soportar más la persecución y hostigamiento, Mahoma y los que lo seguían decidieron huir de la Meca para refugiarse en la ciudad de Médina, ubicada a unos 450 Km. Esto ocurrió en el año 622 DC, y es un hecho de suma importancia para los árabes y todos los musulmanes, quienes colocan sus fechas en referencia a ese viaje de partida. Así, este 2011 después de Cristo para nosotros, es para ellos el año 1432 de la hégira, o huída del profeta.
Medina era ciudad rival de Meca, por lo que Mahoma fue bien recibido. A través de su mensaje espiritual y político logró unir a las tribus de Medina contra sus rivales de Meca. Después de años de lucha, el ejército de Mahoma consumó la conquista de Meca y luego unir a todas las tribus árabes en torno a su causa y a la nueva fe, que a todos les parecía hermosa e inspiradora.
A lo largo de los años, después de su primer encuentro con Gabriel, Mahoma se dedicó a poner por escrito el mensaje que Dios le siguió comunicando.
Los escritos de Mahoma han venido a conformar el Corán, el gran libro sagrado de los musulmanes y uno de los atributos de Dios, según esta fe. El texto no les quedó nada mal a escritor e inspirador, pues propios y extraños lo consideran el más excelso logro literario en lengua árabe.
El Corán, así como los relatos de la vida del profeta y la tradición, que se conoce como Sunna, conforman las fuentes sagradas del Islam, que se ha convertido en una religión que actualmente practican alrededor de 1,500 millones de seres humanos en el mundo (23 por ciento de la población mundial), conformando la segunda gran religión más practicada, después del Cristianismo.
Para los musulmanes, Dios (en árabe Alá signfica Dios) es el mismo Dios del Viejo Testamento, el mismo que se manifestó ante Abraham, Moisés, Isaias, Daniel... y ante Jesucristo, a quien consideran uno más de los profetas. Según el Islam, los mensajes de estos hombres santos fueron de algún modo tergiversados por sus seguidores que los escribieron, copiaron y repitieron una y otra vez. Entonces Dios decidió comunicarse con otro hombre más, esta vez, Mahoma, para revelarle el mensaje definitivo, y restaurar la verdadera palabra divina, destinada a llegar a todos los hombres. De eso va el Islam.
Las religiones derivadas de la tradición judaica, si bien tienen un lado luminoso, con su mensaje de esperanza, fé e incitación a hacer el bien, también han revelado un lado oscuro, que brota de su exclusivismo. El Islam, como el judaísmo y el cristianismo, son para sus fieles la única y definitiva verdad, lo que hace que quienes no lo profesan vivan en el error, del que sólo los fieles verdaderos los pueden sacar, se supone que por el convencimiento, pero a menudo se ha usado la fuerza.
GUERREROS DE DIOS
Mahoma murió en el año 632, a los 62 años. Los árabes habían asimilado su mensaje y la mayoría habían quedado convencidos de ser el pueblo al que Dios había dado la misión de propagar el verdadero mensaje a los demás pueblos. Con esta certeza y conciencia de nación escogida, los ejércitos árabes salieron por primera vez, de su desértica península en plan de conquista. Frente a ellos estaba el vasto mundo de pueblos cristianos, como ya dijimos que abarcaban toda la media luna fértil, el norte de Africa y casi todo el continente europeo.
Para entonces, la ciudad de Roma había caído en desgracia, y aunque grandes eran aún su fama y su leyenda, estaba en letargo y no era más el centro del mundo cristiano. Había otros centros civilizatorios y la gran urbe entonces era Constantinopla, que se erigía orgullosa como la capital del Imperio Romano (de Oriente), con su emperador, que en ese entonces era un hombre de 55 años, llamado Heraclio.
El emperador de Constantinopla se había ganado su reputación como un gran César, pues había derrotado a un gran ejército persa que habían invadido la Tierra Santa y amenazaban borrar el Imperio Romano.
Heraclio logró reunir un gran ejército, como en los viejos tiempos del esplendor imperial, derrotó a los persas y recuperó Tierra Santa para el Cristianismo Había conseguido la victoria, pero su ejército, las finanzas de Constantinopla y él mismo estaban agotados. Por eso, el emperador debió sentir una profunda frustración cuando se enteró de que un númeroso ejército salido de la península arábiga se encontraba en pie de guerra a las puertas del Imperio.
En 636, sólo seis años después de la muerte de Mahoma, los ejércitos bizantino y árabe se enfrentaron en una de las batallas decisivas en la historia del mundo, a orillas del río Yarmuk, uno de los tributarios del Jordán.
El ejército árabe derrotó a las tropas del emperador Heraclio, quienes tuvieron que retirarse a refugiarse en las murallas de Constantinopla. A partir de esta victoria, los árabes ya no encontraron mucha resistencia y conquistaron Siria, Tierra Santa y Egipto. Un ejército árabe entró a la ciudad de Alejandría en el año 640. Era la primera gran ciudad cristiana que los guerreros musulmanes conquistaban.
Con el tiempo, los ejércitos árabes lograron ocupar Libia, Cartago (hoy Túnez y Argelia); Marruecos, Tierra Santa (hoy Jordania, Líbano, Israel); Siria; Mesopotamia (Irak) y conquistar también Persia (Irán).
Contra lo que puede suponerse, la gente del pueblo en estos territorios no fue convertida al Islam a punta de espada. Los árabes en general se mostraron tolerantes con la población cristiana, pero establecieron que quienes se convirtieran al Islam estarían exentos de ciertos impuestos y tendrían privilegios. Por otro lado, había muchos cristianos cansados con las disputas teológicas en que se habían embarcado por siglos los altos cleros de las ciudades de Constantinopla y Alejandría. Así, la mayoría de la población de las ciudades conquistadas abandonó el cristianismo para convertirse a la religión de Mahoma.
El patriarca de Costantinopla, el Papa en Roma y los demás líderes de la cristiandad debieron de haber observado horrorizados esta conquista de preciados territorios a manos de infieles y herejes. Quizá pensaron que en no mucho tiempo nuevos ejércitos cristianos volverían para recuperarlos. Pero si pensaron eso se equivocaban, el cristianismo perdía para siempre las poblaciones de Mesopotamia, Siria, Palestina, Egipto, Asia Menor y el norte de Africa.
EDAD DE ORO
Los arabes lograron construir un gran imperio civilizado y próspero en todos los territorios que hemos mencionado. Pero de seguro los fieles musulmanes pensaban que su destino era continuar avanzando hasta llevar su fe a todos los demás pueblos.
En el año 711, un ejército bereber de Marruecos ya islamizado, entró a la península ibérica. Los musulmanes lograrían conquistar casi la península completa. Era el epogeo del Islam, los cristianos europeos debieron temer que los ejércitos de infieles segurían avanzando aun más allá de los Pirineos al seno mismo de Europa.
Esto era en occidente. En oriente, los musulmanes acechaban a Constantinopla.
Tanto España como Constantinopla serían los límites del avance árabe. En estos puntos se detuvo esa primera gran oleada de expansión del Islam. Los musulmanes ocuparían la península ibérica durante 8 siglos. Pero no pudieron avanzar más alla de los Pirineos. Los mismos musulmanes empezaron a desarrollar rivalidades entre las diferentes facciones y dejaron de ser poco a poco una fuerza tan avasalladora.
Con el tiempo, las fuerzas cristianas que quedaron en el norte de España fueron ganando terreno, en un proceso de reconquista que culminaría en 1492, con la expulsión definitiva del Islam de Castilla y de toda la península ibérica.
Así, a España correspondería el crédito, desde el punto de vista de la cristiandad, de haber detenido al Islam por el occidente, mientras que la tarea en Oriente correspondería a Contantinopla, que logró detener en épicas batallas a los conquistadores árabes de esta primera gran oleada. Llegaría el momento --en el año 1453-- que el cristianismo perdería Constantinopla, pero no ante un ejército árabe, sino ante los turcos otomanos, de los cual hablaremos más adelante en este artículo.
En el inmenso territorio que los árabes del Islam habían logrado conquistar para el siglo VI, éstos lograron construir una civilización ejemplar, que experimentó un verdadero Renacimiento mientras Europa se encontraba en un estado de mucho mayor atraso. En verdad, los árabes fueron en la Edad Media preservadores y transmisores de gran parte del legado cultural griego y romano. Pero además, al controlar el comercio en sus inmensos territorios, sirvieron también como medio de comunicación con las lejanas civilizaciones de Persia, India y China.
En la ciencia los árabes dieron grandes pensadores, inventaron el álgebra???, introdujeron un tipo de numeración que utilizaba el cero y que era mucho más práctica que la numeración romana.
Gracias a los árabes, nuestra civilización pudo preservar los textos de los grandes filósofos griegos, como Aristóteles y Platón. De no haber sido por ellos, posiblemente los pensamientos de estos sabíos se hubieran pérdidos o llegado irremediablemente incompletos hasta nosotros.
HARÚN AL-RASHID
Quizá el gobernante más famoso durante el apogeo árabe es el califica Harún al-Rashid (Aarón el Justo). La palabra califa significa "heredero" y los califas eran considerados precisamente herederos del profeta Mahoma y como tales gobernantes a la comunidad islámica, que como vimos, en la Alta Edad Media abarcaba medio mundo mediterráneo.
A diferencia del mundo cristiano, donde el jefe de la Iglesia, el Papa por ejemplo, no ha sido comunmente el jefe político, sino que éste ha sido un rey o un emperador, en el Islam la figura del Califa era tanto una figura religiosa como de jefe político absoluto. Ha sido la tendencia en el Islam a que el poder político se encuentre mucho más unido o más identificado con el poder religioso que en el caso del cristianismo.
Harún al-Rashid (763-809) pertenecía a la llamada dinastía Abasí, que descendía en línea directa de la familia del Profeta, y que estableció su capital en Bagdad (hoy en Iraq).
Harún se ha hecho famoso como el califa del Libro de las Mil y Una Noches, donde protagoniza numerosos de esos cuentos, que lo retratan como un sabio, preocupado, voluble e insomne monarca que gusta de salir de incógnito a mezclarse con su pueblo y conocer sus cuitas e inquietudes.
El reinado de Harún al-Rashid fue recordado por las personas que vivieron después como una verdadera Edad de Oro, donde todos vivían en paz y harmonía. De hecho, todo el mundo de aquella época ha parecido a posteriores generaciones como un mundo de cuento de Hadas. Mientras Harún sojuzgaba el Imperio árabe, otro gran gobernante, Carlomagno, había logrado conquistar casi la totalidad de Europa y convertirse en Emperador. Mientras, en Constantinopla reinaba el Emperador de oriente en turno. Así, tres hombres con reputación de grandes y sabios gobernaban todo el mundo conocido.
Pero las "edades de oro" tienen que terminar y de hecho sólo existen casi en los recuerdos de las personas que viven después y que les toca vivir tiempos mucho más duros.
En tiempos posteriores a Harún al-Rashid, el portentoso Imperio árabe fue cayendo en una serie de divisiones, quizá inevitables dada la enorme extensión de sus territorios. Sin embargo, la civilización del Islam había llegado para quedarse y para seguir perpetuando su simiente en gran parte del mundo.