Fidel en el Cayo | | | |
Diario Libre | Lecturas Conversando con el Tiempo | Sábado 5 de julio de 2008
POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO
La historia de la participación del estudiante Fidel Castro en la frustrada expedición de Cayo Confites de 1947 -como muchos episodios vividos por este personaje de leyenda- se ha movido entre la bruma de la realidad y el mito, alimentado éste por diferentes versiones acerca de su rol y la tentación a descontextualizarlo debido a su fundamental protagonismo posterior. Las relaciones tirantes con Rolando Masferrer (29), líder del MSR, y su espectacular evasión del arresto de que fueron objeto los expedicionarios, sazonaron esta historia.
Al enrolarse, Fidel contaba 20 años -cumpliría 21 en el Cayo, el 13 de agosto. Había ingresado en septiembre de 1945 a la Universidad de La Habana, donde confiesa “nunca fui a clases”. En el tercer año se hizo estudiante libre. Enrique Ovares, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), medió ante Manolo Castro (38) -ex cabeza de la FEU y el gran gestor cubano de la expedición- para facilitar su incorporación, pese al predominio de la gente del MSR en Confites. Dícese que Masferrer expresó que era una empresa de “cojones” y Fidel obtuvo las garantías.

“En julio de 1947 me incorporé a la expedición de Cayo Confites, para participar en la lucha contra Trujillo, ya que me habían designado desde el primer año presidente del Comité Pro Democracia Dominicana de la FEU. También me nombraron presidente del Comité Pro Independencia de Puerto Rico. Había tomado muy en serio esas responsabilidades. Estamos hablando del año 1947, y ya desde entonces albergaba la idea de la lucha irregular. Tenía la convicción, a partir de las experiencias cubanas, de las guerras de independencia y otros análisis, de que se podía luchar contra el ejército convencional moderno utilizando métodos de guerra irregular. Pensaba en la posibilidad de una lucha guerrillera en las montañas de Santo Domingo en vez de lanzar una fuerza mal entrenada e inexperta contra el ejército regular de Trujillo.

Sobre el entrenamiento recibido, Castro refiere: “me entrené hasta en el disparo de morteros y otras armas. Es verdad que había estado casi en una guerra. Recuerde que en aquella expedición estaban muchos enemigos míos, y a pesar de ello me enrolé, simplemente porque era presidente del Comité Pro Democracia Dominicana”. En la finca de su padre en Birán, cazaba con un Winchester y una escopeta Browning. En la Universidad, “un amigo me consiguió un arma, una pistola Browning de 15 tiros, similar a la que uso todavía”.
Para Fidel “aquello no tenía ni táctica ni estrategia”, el personal lo “recogieron de la calle”. Había un poco de lumpen, aunque opina que “un lumpen bien preparado puede ser bueno”. Sus hombres “carecían de preparación ideológica. Lo que más aprendí de aquello de Cayo Confites es cómo no se debe organizar algo, cómo hay que escoger y seleccionar a la gente”.

Treinta años antes del análisis de Castro, Masferrer hizo su propia evaluación de esta historia en una entrevista concedida en Miami en 1975, a poco de morir volado por un carro bomba, tema de una próxima entrega sobre Confites. A diferencia de Fidel y coincidiendo con la conclusión de la Embajada Americana en Cuba, Tulio H. Arvelo -expedicionario de Confites y Luperón- sostiene en su obra “que Trujillo en esos días no tenía el poder militar suficiente para oponerse a una invasión de esa envergadura”. Al igual opina Masferrer, con quien Arvelo trabajó al enrolarse, bajo la creencia de que su nombre era Max Ferrer.
Pensaba en la posibilidad de una lucha guerrillera en las montañas de Santo Domingo, en vez de lanzar una fuerza mal entrenada e inexperta contra el ejército regular de Trujillo.