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20 nov. 2011

LOS TOROS DE GUISANDO



 Conjunto escultórico de los Toros de Guisando inscripción sobre el toro más al sur. 
Aunque son muchos los testimonios que el pueblo prerromano vettón ha dejado en las provincias de Ávila, Salamanca, Zamora y Toledo, quizás el más importante o al menos el más representativo son esas esculturas de piedra denominadas genéricamente “VERRACOS”, relevantes hasta el punto de darle nombre a toda la cultura prerromana vettona definida por algunos como “Cultura de los Castros y los Verracos”.
Sobre tales obras, que representan cerdos o toros, se han vertido muchas teorías sin que hasta la fecha haya acuerdo, repitiendo en ocasiones unos, quizás sin saberlo, opiniones emitidas por otros mucho tiempo antes.
Uno de los que habló sobre estas esculturas fue el legendario monje Luis Ariz quien, basándose en las inscripciones romanas que ostentaban y en las urnas cinerarias que acompañaban a algunos de ellos, los consideró de época romana.
Manuel Gomez-Moreno, por su parte, considera a los verracos obras de las gentes prerromanas que levantaron fortalezas como Ulaca, las Cogotas, las Merchanas, el Castillo de Yecla, etc., las cuales situaron en las inmediaciones de los poblados y junto a santuarios, manantiales, puentes, etc., con carácter esencialmente religioso y votivo, como las aras clásicas. Pero se confunde al creer que los carteles latinos que ostentan revelan la lengua de sus autores
Existen por tanto multitud de teorías sobre la autoría y, la finalidad que pudieron tener las esculturas conocidas con el nombre genérico de verracos por parte, entre otros, de García Bellido, Maluquer, Bosch Gimpera, Cabré, Martín Valls, Fernando Fernández, Antonio Blanco,..., pero mi opinión sobre el asunto es que, al menos en lo fundamental, su función dependió del periodo en que se erigieron:  PRERROMANO O ROMANO.
Así en la época prerromana tales esculturas debieron tener como principal objeto o finalidad, la protección de los animales ya con su sola presencia ya mediante la realización sobre ellas, a modo de altares, de determinados actos cultuales –sacrificios de animales, libaciones, quemado de perfumes, etc., según atestiguan los elementos rituales existentes sobre algunos de ellos, caso del llamado “burro de san Vicente” de San Felices de los Gallegos- dirigidos a sus deidades invocando su protección, su procreación, etc., estando por tanto, en general, asociadas a los ganados situándolas por ello aquellas gentes, en los lugares donde éstos se concentraban: en zonas húmedas de buenos pastos, manantiales y encerraderos de ganados, que no solían faltar junto a los oppida celtíberos lo que explica la proximidad de algunas de estas esculturas a las núcleos urbanos. Tampoco se debe descartar su papel mágico protector de las personas, jugando similar papel al de los leones alados que los persas situaban en las puertas de sus ciudades pues así parece evidenciarlo el toro labrado sobre una roca, encontrado recientemente en la misma puerta de San Vicente de la muralla de Ávila.   
Verraco (cerdo) de San Felices de los Gallegos, conocido como el "Burro de San Vicente"

En época romana –siglos I a. de C., a V d. de C.- la finalidad de los verracos más que cambiar debió ampliarse siendo dedicados masivamente muchos de los ya esculpidos y otros realizados exprofeso, por la población romana e indígena romanizada, a la erección de determinados monumentos dedicados a personas, proliferando entre ellos los de carácter funerario, monumentos entre los cuales constituyen un extraordinario ejemplo los monumentales Toros de Guisando situados en la localidad de El Tiemblo-Ávila.
El análisis del monumento escultórico y epigráfico de los Toros de Guisando lo inicia, según la tradición, en 1468, Antonio de Nebrija -gramático y Cronista de Isabel la Católica-, quien, al parecer, realizó cuatro calcos en cera de otras tantas inscripciones latinas existentes sobre los Toros.
Unos años después –1481-, Rodríguez de Amelda, en su “Tractado que se llama de la compilación de las batallas campales”, da inicio a la hipótesis, mantenida hasta principios del siglo XX, de que los referidos letreros, aluden a acontecimientos históricos de personajes romanos y que son obra del general romano “Guisando”.
A comienzos del siglo XVII, Luis Ariz (“Historia de las Grandezas de Ávila”, pág. 401), transcribe y traduce dichos carteles, pero no cuatro sino cinco, existentes, según él, en los tres toros que se mantenían en pie pues el otro estaba partido: Cecilio Metelo Consuli. II. Victori (a honra de cecilio Metelo vencedor, segunda vez, Cónsul); Longinus Prisco Cacio Patri. F.C. (Longino tuvo cuidado de hacer esta memoria a su padre Cecio el Antiguo); Bellum Casaris, (...) Patria Magna exparte confetu est, sex, (...) gne, Maght Popey Filijs.Hic, inagro Batestanorum Proftigatis  (La guerra del Cesar y de la Patria, por la mayor parte acabada, vencidos aquí en el campo Batestano, los hijos de Pompeyo Magno, Sexto, Ígneo); Exercitu Victor Hostibus Fusis (Ejército vencido roto el enemigo); L. Porcio Obprobinciam administratam, Batestany Populi. F.C. (Los pueblos bastetanos determinaron hacer esta memoria a Lucio Porcio, por haber administrado excelentemente la provincia)”.
En 1869, Emilio Hubner, en su “Hábeas Criptionum Latinarum”, estableció la que consideró falsedad de la cantidad y contenido de las inscripciones con excepción, claro está, de la dedicada por Longino porque es bien evidente.
Y así estaban las cosas a comienzos del siglo XX, cuando le llegó el turno a Manuel Gómez-Morenoquien dijo de este conjunto monumental: “uno de ellos roto y medio enterrado, los otros tres en fila, sus cabezas hacia el cerro, o sea, a oriente, y separados entre sí por espacios de 1,70, 2,40 y 280 m. Son de berroqueña, varían poco en tamaño, siendo su promedio de 2,70 de largo, 0,80 de ancho y 1,50 m. de alto (...). Sus cabezas, aunque destrozadas a golpes, conservan algo de modelado en las arrugas de la gorja y unos orificios en el testuz, donde probablemente se afianzaban cuernos metálicos (...), dos de los toros muestran verdugones en la nalga derecha, cual marcas de ganadería (...). En cuanto a ser toros y no elefantes, no cabe duda. Pero lo que más celebridad les ha dado son las inscripciones que se les atribuían, copiadas de unos en otros (...). Al fin la crítica por un lado y la observación por otro, vienen a dar en tierra con este pretendido monumento de nuestra historia clásica (...), el examen de los toros mismos comprueba que ni existen grabadas en ellos ni han podido estarlo, y que la falsificación no trascendió del papel, alegándose siempre, para no copiarlas directamente, que el deterioro de la piedra impedía ya reconocerlas. Esto no es exacto: la calidad del granito es excelente, y su superficie, preservada además por musgos, resulta bien lisa excepto el costado derecho del primer toro, hacia el sur, donde sí hay grabada una inscripción (...) He aquí su facsímile: LONGINVS, PRISCO-CALA, ETIQ-PATRI-F-C.” ¡¿?!.
Pero inexplicablemente, Gómez-Moreno que acudió a este lugar con la intención de desmitificar este monumento, comete numerosos errores que en vez de dar luz crearon más confusión ya que dice de él: que las cabezas se dirigen a oriente, cuando lo hacen a poniente; que están destrozadas a golpes, cuando no es así; que sólo dos toros presentan verdugones en el costado, cuando los tienen todos; que tienen agujeros para colocarles cuernos, cuando sólo los presenta el tercer toro por el norte; que sólo existe una inscripción, cuando hay tres; que la ostenta el primer toro hacia el sur, cuando es el del norte; etc.
 Inscripción votiva dedicada por Longino, sobre el toro más al norte del conjunto de Guisando.

El monumento, consta de cuatro esculturas alineadas en dirección Norte-Sur, con las cabezas dirigidas al oeste, cuyo tamaño y separación coinciden con las aportadas por Gómez-Moreno.
La escultura situada más al norte presenta en su costado derecho la famosa Inscripción en la que Longino, de la tribu celtíbera de los calaéticos dedica un monumento funerario a su progenitor, cuya traducción es:“LONGINO A SU PADRE PRISCO, DE LOS CALAÉTICOS, PROCURÓ HACERLO. Los caracteres miden 14-17 cm. de alto y 1-1,5 cm. de profundidad; y la escultura tiene una deformidad alargada en su testuz que pudo dar lugar a confundirla con un elefante. Sólo presenta un pequeño ojo –el izquierdo-; una decena de hoyuelos rituales a lo largo de su lomo y cabeza y otro profundo, marcando su ano; y, en su costado izquierdo, una gran oquedad, obra quizás, como cree A. Blanco, de algún vándalo buscador de fortunas, que esperó encontrar un tesoro en su interior.
La segunda escultura por el norte, como la anterior, no presenta arrugas en el cuello; tiene un par de ojos; tres hoyuelos rituales en el lomo y dos petroglifos -uno en forma de ángulo de 60º y 15 cm. de rama, y otro, similar a una “Y” griega, de la misma longitud; un agujerillo marcando el ano; y, en su costado izquierdo, una inscripción de tres líneas con caracteres, de 13 cm. de altura.  
 Inscripción y posible petroglifo en el costado en el segundo toro por el norte.

La tercera escultura -la que se dice partió un rayo aunque pudo romperla el mismo bestia que dañó la otra-, es la única que, además de ojos, presenta dos profundos agujeros, quizás destinados a acoplar cuernos. Su cabeza, más alta y mejor labrada que las de los anteriores, tiene forma rectangular lo que unido a las arrugas del cuello pudo dar lugar a creerla un hipopótamo. Además de la fractura total, reparada con grandes lañas de hierro, presenta en la parte delantera del lomo, un golpe que le ha producido una gran hendidura; y en la trasera, otro socavón –obra del buscador de fortunas-  que impide comprobar si tenía el ano marcado con un agujerillo. No se le aprecia inscripción pero pudo tenerla en el costado izquierdo.
 Cartel de la cuarta escultura que alude al pueblo calaético.

La cuarta escultura, tiene de común con la anterior, el morro, las arrugas del cuello  y la ausencia de hoyuelos en el lomo y en el ano. Como la segunda, en el costado izquierdo presenta una inscripción de dos líneas cuyos caracteres de 13 cm. de altura ocupan una superficie de 0,5x0,4 m. En la primera línea se contienen las letras A.N.-.A. ¿año?; y en la segunda, la palabra CALAETICOS.
Sobre el significado de este monumento nadie duda de que, en época romana, se trató de un monumento funerario, al estilo de otros de la provincia, a cuyo efecto se reunieron aquí las cuatro esculturas zoomorfas vettonas dispersas por los inmediatos alrededores, destinadas antaño, seguramente, a proteger los ganados; zoomorfos, según los entendidos, pertenecientes a los siglos III-II antes de Cristo; y, según mi opinión, obra todos ellos del mismo artista.