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2 ene. 2012

Apocalipsis de Ezequiel o Apócrifo de Ezequiel


Apocalipsis de Ezequiel
O Apócrifo de Ezequiel
(fragmento)(1)
Por Antonio Piñero
Este apocalipsis solo ha llegado hasta nosotros a través de citas hechas por antiguos escritores cristianos y por algunas alusiones en la literatura de los rabinos, en concreto del Talmud de Babilonia. De entre los testimonios cristianos el más importante es el del Padre de la Iglesia Epifanio de Salamina (siglo IV d. de C.) en su obra el Panarion.
Respecto a la fecha de composición, lengua original y procedencia de este apocalipsis, hay que atender a una indicación del historiador judío Flavio Josefo (finales del siglo I d. de C.) acerca de que el profeta Ezequiel había dejado dos libros, y a una cita de este apócrifo en una epístola del cristianismo primitivo que se conoce como Primera Carta de Clemente, escrita hacia el año 96 d. de C. Si los dos escritores se refieren a sus alusiones al mismo texto que el recogido por Epifanio, hay que pensar que el Apocalipsis de Ezequiel procede del siglo I d. de C., o probablemente antes.
Por otro lado, al estar citada esta obra de algún modo en el Talmud, hay que pensar que su autor –desconocido, desde luego- fue un judío. A pesar de ello, la lengua original del texto pudo ser tanto el griego como el hebreo y el arameo.
(1) Lamentablemente por el momento me es imposible publicar el texto completo como siempre fue mi proceder, pero dado la importancia de esta obra, juzgue conveniente hacerlo así.
Espero que el lector sepa comprender y valorizar el texto ofrecido. – Sergio (Nuestros Antepasados)
Introducción de Epifanio de Salamina a la cita de Ezequiel
Pues los muertos resucitarán, y los que están en los sepulcros se levantarán, dice el profeta. Y para no pasar en silencio lo dicho por el profeta Ezequiel en su propio apócrifo acerca de la resurrección, también lo consignaré aquí. Pues expresándose de manera enigmática habla acerca del justo juicio del que participarán juntos alma y cuerpo.
El ciego y el cojo, excluidos del banquete de bodas
Cierto rey tenía a todos en su reino alistado en el ejército. No tenía civiles, excepto dos solamente, un cojo y un ciego; y cada uno de ellos se sentaba por sí mismo y vivía por sí mismo. Cuando el rey dio un banquete a causa de las bodas de su hijo, invitó a todos los que había en su reino, pero desdeñó a los dos civiles, al cojo y al ciego. Estos se indignaron en su interior y decidieron realizar una conspiración contra el rey.
El monarca tenía un jardín. Entonces el ciego llamó desde lejos al cojo diciéndole:
-¿Cómo sería lo que comeríamos entre la multitud que ha sido invitada a la fiesta? Ven ahora aquí, y tal como nos ha tratado nos vengaremos de él.
El otro contestó:
-¿De qué forma?
El primero dijo:
-Vayamos a su jardín y destrocemos allí las cosas que hay en él.
El otro le contestó:
-¿Cómo voy a poder siendo cojo y no siendo capaz de arrastrarme?
El ciego le dijo:
-¿Qué puedo hacer yo mismo sin ver adónde voy? Pero actuemos con astucia.
Arrancó hierba que había junto a él y trenzó una cuerda. Luego se la arrojo al ciego y le dijo:
-Agarra y ven a lo largo de la cuerda hasta mí.
Aquel hizo lo que le mandó; cuando se aproximó, este le dijo:
-Acércate a mí, vas a ser mis pies; transpórtame y yo seré tus ojos guiándote desde encima a derecha e izquierda.
Haciendo esto llegaron al jardín. Después, ya fueran que hicieran o no algunos destrozos, lo cierto es que quedaron sus huellas allí.
Cuando los invitados a la fiesta dejaron el banquete y llegaron al jardín quedaron estupefactos al encontrar huellas allí. Y se lo contaron al rey diciendo:
-En tu reino todos son soldados y nadie es civil, ¿cómo, pues, ahora hay huellas de civiles en el jardín?
El monarca quedó admirado […]. Entonces convocó al cojo y al ciego, y preguntó al ciego:
-¿Acaso has entrado en el jardín?
El contestó:
-¿Yo señor? Estás viendo mi impotencia; sabes que no veo adónde ando.
Después, acercándose al cojo, le preguntó también:
-¿Has entrado tú a mi jardín?
El respondió y le dijo:
-Señor, ¿quieres amargar mi alma en lo que se refiere a mi impotencia?
Y el juicio quedó finalmente aplazado […].
¿Qué hará entonces el juez justo? Al conocer de qué forma ambos se unieron, pondrá al cojo sobre el ciego y se dirigirá a ambos con el látigo. No podrán negar y cada uno acusará al otro. El cojo dirá al ciego: “¿No me llevaste tú y me sacaste?”. Y el ciego al cojo: “¿No te hiciste tú mismo mis ojos?”. Así está unido el cuerpo al alma y el alma al cuerpo para acusarse de las obras comunes. Y el juicio final recaerá sobre ambos, cuerpo y alma, por las obras que hicieron, buenas o malas.
Traducción del griego de Gonzalo Aranda Pérez
Visión del Talmud de Babilonia
Antonino (el emperador Marco Aurelio) dijo al Rabino (Jehudá, el Príncipe):
-El cuerpo y el espíritu (alma) son capaces de escapar al castigo (del juicio final). ¿Cómo? El cuerpo dice: “El alma/espíritu pecó, porque desde el día en el que se separó de mi, he aquí que estoy yaciendo en la tumba como una piedra muda” Y por su parte, el alma/espíritu puede decir: “El cuerpo pecó, porque desde el día en el que me separé de él, he aquí que he estado andando por los aires como un pájaro”.
Y el Rabino le dijo:
-Te contaré una parábola (a modo de ilustración). ¿A qué pueden compararse? A un rey de carne y hueso que poseía un hermoso huerto que daba excelente fruta temprana (otra posible versión: higos), y puso en el dos guardianes: un cojo y un ciego. El cojo dijo al ciego: “Ven y llévame sobre tu espalda y tomaré la fruta para comerla”. Y el cojo cabalgó sobre el ciego, juntaron la fruta (higos) y se las comieron.
“Pocos días después vino el dueño del huerto. Y le dijo: “¿Dónde está esa excelente fruta temprana (higos) que aquí había?. El cojo le respondió: “¿Acaso tengo piernas como para caminar?”. Y el ciego le dijo: “¿Acaso tengo ojos para ver?”.
“¿Qué hizo entonces el dueño (rey)? Hizo que el cojo cabalgara sobre el ciego y los juzgó (castigó) como si fueran una sola persona. Del mismo modo, el Santísimo, bendito sea, toma el espíritu/alma, lo coloca en el cuerpo y los juzga como si fueran uno. Porque dice: “Convoca a los cielos de arriba, y a la tierra para juzgar a su pueblo”. La frase “Convoca desde arriba a los cielos” significa el espíritu/alma. “Y a la tierra para juzgar a su pueblo” significa el cuerpo.
Traducción del arameo de Abraham J. Weiss