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29 dic. 2011

EL FIN DEL SUEÑO CHINO


EL FIN DEL SUEÑO CHINO
28 de diciembre de 2011

Las clases dirigentes de Pekín están desatando una nueva oleada de frustración palpable entre la población.

AFP/Getty Images

En junio, un amigo chino que creció en la ciudad industrial de Shenyang, en el norte del país, y que se graduó hace poco en la universidad, se fue a vivir a Pekín para hacer realidad su sueño: trabajar para una empresa de medios de comunicación. Ha conseguido empleo, pero el salario inicial no es demasiado bueno y es difícil llegar a fin de mes. Hace poco comimos juntos y sacó a relucir sus condiciones de alojamiento, que calificó de “no ideal”. Estaba viviendo en un piso de tres dormitorios que compartían siete personas, cerca del Cuarto Anillo, el perímetro exterior de la ciudad. Cinco de las personas que compartían la vivienda eran mujeres jóvenes que iban a trabajar cada noche a las 11 y regresaban alrededor de las 4 de la mañana. “Dicen que están en el turno de noche de Tesco”, la cadena de supermercados británica, me contó, pero no se lo creía. Una noche las vio entrar en un Club KTV completamente maquilladas, con “faldas mucho más cortas que mis calzoncillos” y, cosa significativa, por la puerta de empleados. “O sea que son prostitutas”, concluyó. “Me siento un poco incómodo”.
Sin embargo, cuando sumaba sus gastos mensuales y pensaba en que no tenía ninguna relación especial, o guanxi, en la ciudad, ni para ayudarle a aumentar sus ingresos ni para encontrar una vivienda más cómoda pero no más cara, pensaba que no tenía más remedio que seguir aguantando la siniestra situación. “He venido aquí para ser periodista; esa es mi meta, no quiero volver ahora. Pero da la impresión de que es más difícil que antes”.
Cuando le pregunté qué tal les iba a sus colegas y antiguos compañeros de estudios, reflexionó un instante y después respondió que algunos estaban básicamente en la misma situación que él, “pero muchos amigos míos tienen padres en Pekín y pueden ahorrar dinero viviendo con ellos. Si tu familia está ya allí, eso ayuda mucho”. Al cabo de un momento, añadió: “Y algunos tienen padres ricos que ya les han comprado sus propios pisos, y sus coches”.
A pesar del asombroso crecimiento económico de China, para gente como mi amigo cada vez es más difícil salir adelante en la gran ciudad. Su profesión no es especialmente lucrativa. Como muchos en Pekín, no puede contar con su salario anual para mantenerse a la altura de las tasas oficiales de inflación, que, de todas formas, muchos economistas sospechan que están infravaloradas (la tasa de inflación del índice de precios al consumo  se considera un tema tan delicado que el Consejo de Estado lo aprueba antes de darlo a conocer públicamente). Aun así, este año, la inflación de los precios al consumo ha superado todos los meses el objetivo medio oficial del 4% mensual. El mes pasado, los medios de comunicación oficiales recibieron como buena noticia que hubiera permanecido, oficialmente, en el 4,2%.
Cualquiera en Pekín conoce ejemplos de amigos cuyos alquileres han subido un 10% o más en un año. Los precios de los restaurantes son cada vez más altos, mientras que las raciones son visiblemente más pequeñas. Si a eso se añade la pérdida de esos intangibles que no se pueden comprar con dinero –como la calidad del aire y la seguridad alimentaria–, se empieza a comprender que los habitantes menos acomodados de Pekín se quejen de que su nivel de vida está empeorando, aunque el PIB nacional esté creciendo nada menos que un 9%.
¿Será verdad que una franja de población en las grandes ciudades de China esté en una situación de movilidad descendente, si se comparan los salarios con el coste de la vida? Le he preguntado a Patrick Chovanec, profesor asociado en la Escuela de Económicas y Administración de la Universidad de Tsinghua, en Pekín. Por desgracia, me dice, es difícil encontrar mucha aclaración en las estadísticas oficiales chinas, famosas por lo sencillo que es manipularlas. (Por ejemplo, la tasa oficial de desempleo solo incluye a personas con permisos de residencia permanente en las ciudades, hukous, lo cual deja fuera a los sectores más vulnerables.) No obstante, explica: “Si uno nota que está perdiendo poder adquisitivo, o tiene expectativas cada vez mayores pero que no se cumplen, entonces es cuando surge el malestar... Y este país, para ser un país que está creciendo al 9%, está de muy mal humor”.
No hay duda de que en Pekín se palpa un sentimiento de frustración, sobre todo si se compara con la última vez que viví aquí, en 2008. Se ve en los rostros severos que se observan en el metro, se oye en las voces ásperas durante las conversaciones en las cenas y, en especial, se advierte en la nueva brusquedad de los taxistas, que ya no creen que llevar a la gente de un lado a otro de la ciudad por 10 yuanes, alrededor de 1,60 dólares, sea tan buen negocio para ellos (su tarifa de bajada de bandera no ha subido). Pero es difícil indignarse contra entes abstractos. Es mucho más fácil enfadarse con la gente irritante.
No es extraño, por tanto, que, en 2011, los medios chinos y Sina Weibo (la versión china de Twitter) hayan vibrado casi cada mes con las informaciones más morbosas sobre las Paris Hilton locales, las hijas –y los hijos– de los ricos y de la élite política, llenos de opulentos accesorios y poca sensatez, que hacen barbaridades en sus BMW y sus Audis y cuentan con irse de rositas.
El año comenzó con el juicio a Li Qiming, un estudiante universitario de la provincia de Hebei que, en octubre de 2010, cuando conducía borracho, atropelló a otros dos estudiantes que estaban patinando y mató a uno de ellos. Cuando vio lo que había ocurrido, intentó salir corriendo, pero el vigilante del campus detuvo el vehículo. Al interrogarle, lo primero que dijo, según se cuenta, fue: “Mi padre es Li Gang”. Li Gang es el subjefe de policía del distrito.
Luego estuvo el caso de Li Tianyi, de 15 años, hijo de un alto oficial del Ejército, que no tenía permiso de conducir cuando se puso al volante de un BMW en septiembre. Mientras se divertía por las calles de Pekín, le irritó que otro coche le obstruyera el camino. Al parecer, salió de su vehículo y atacó al otro conductor mientras alguien –él mismo o un amigo— gritaba: “¿Quién va a atreverse a llamar a la policía?” En el parabrisas de su coche había un pase provisional para la Gran Sala del Pueblo, el edificio del Parlamento chino.
Y este mismo mes, un alumno de la Academia de Cine de Pekín se enzarzó en una pelea sobre dónde podía aparcar su Audi, el inconfundible coche que llevan los funcionarios chinos. Después del altercado en el aparcamiento, un inmigrante de 43 años de la cercana provincia de Habei, que trabajaba como limpiador, tuvo que ser trasladado a un hospital, donde falleció.
El equivalente femenino más próximo fue quizá la saga de Guo “Meimei”, una menuda joven de 20 años, de rostro dulce y grandes ojos marrones que se aficionó a colgar fotos suyas conduciendo su “caballito” (un Maserati blanco) y su “torito” (un Lamborghini naranja) en su microblog en Weibo. En su cuenta decía que era directora general en la Cruz Roja de China, una de las organizaciones benéficas mayores y con más contactos políticos en el país. Los lectores decidieron que sus artículos de lujo y sus estupideces eran pruebas de la corrupción existente en la organización. (En los meses posteriores al escándalo, que alcanzó su cénit en junio, las donaciones cayeron bruscamente). Más tarde se supo que nunca había ocupado ese puesto y se rumoreó que era o la amante o una familiar de alguien en la Cruz Roja.
La indignación que existe en China contra estos diletantes que van de chicos malos es mucho más profunda que, por ejemplo, la relación de amor-odio que hay en Estados Unidos con Lindsay Lohan. Como me dijo Michael Anti, un popular bloguero y comentarista político chino, “Los ricos están convirtiéndose en una dinastía”. Ahora, la gente en China es consciente de que “uno llega a su posición, no por los títulos ni por el esfuerzo, sino gracias a su padre”. Anti añade que, aunque la corrupción y las guanxi no son conceptos nuevos en el gigante asiático, antes se creía más en la movilidad social por méritos. “Antes, la universidad era una vía para llegar a la clase dirigente. Ahora, la clase dirigente se limita a promocionarse a sí misma”.
      
¿Será posible que animales políticos como los del Consejo de Seguridad lleguen a acuerdos sobre inmunidad?
      
Hay una sensación pesimista de que las cosas han cambiado. “La desigualdad de rentas no es lo único que preocupa a la gente; esa es una idea equivocada”, me dijo Chovanec. “Cuando Jack Ma gana un millón de dólares poniendo en marcha una empresa que triunfa, eso está muy bien... Es la desigualdad de privilegios. Es la forma que tiene la gente de ganar dinero. Existe hoy toda una nueva categoría de personas que están enriqueciéndose por ser quienes son, no por lo que hacen, y que se rigen por unas normas diferentes”.
En la China actual, la capacidad de comprar y vender solares y la de obtener contratos del Gobierno son unos de los principales motores de riqueza, y quienes tienen acceso a esas oportunidades son los que ya son ricos y están bien relacionados. Si sus hijos son perezosos o tontos, pueden aprovechar su situación para crearse oportunidades y huecos, y se interponen en las trayectorias de otros aspirantes más capacitados. El estatus social está cada vez más arraigado porque, como dice Chovanec, “el Gobierno tiene tal omnipresencia en la economía de China... tiene un enorme poder a la hora de decidir los ganadores y los perdedores, de modo que quién eres y a quién conoces contribuye más que ninguna otra cosa al éxito”. Y los que están arriba se sienten cada vez más por encima de la ley. “El privilegio engendra dinero, y el dinero engendra privilegio”.
Esto, claro está, contradice el cuento de hadas optimista y popular que se hace de China desde hace 30 años, fomentado como es debido por el partido Comunista en el Gobierno, y que asegura que una marea en ascenso y una economía desenfrenada elevan inevitablemente todos los barcos; que el futuro será mejor, en lo material, que el pasado; que el esfuerzo te permite progresar; y que la educación es el gran factor igualitario. Lo que podríamos llamar el sueño chino.
“Antes, eso era bastante verdad, pero ahora no”, reflexiona Qiao Mu, un profesor de la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín. “Fíjese en mi caso. Nací en 1970 en una familia pobre del oeste de China. Todavía no existía una clase amplia de gente rica, así que las oportunidades estaban más abiertas a todos. En aquella época, dependía de mi propio esfuerzo y mi estudio para progresar. Y pude cambiar mi situación en la sociedad”. En cambio, hoy, dice mientras da un profundo suspiro, “es mucho más difícil para estos jóvenes, mis alumnos. Dependen mucho más de sus orígenes, y los que ya tienen buenas relaciones y son ricos se ayudan a sí mismos y a sus hijos... La situación está empeorando en lugar de mejorar”.
O como dice mi amigo, el joven periodista: “Ya nadie cree que en China se pueda triunfar con el trabajo duro y honrado”.